Los Peligros de Etiquetar a Nuestros Hijos

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Publicado el 21 agosto, 2013 por Psicología en Soy mamá
Niños etiquetas

 

 

 

Hay que tener cuidado con las etiquetas que, sin darnos cuenta, a veces colocamos a nuestros hijos. Es habitual encontrarnos con niños a los cuales sus padres tachan de “vagos”, “desordenados”, “llorones”, “malos”, por poner algunos ejemplos. Estos adjetivos que utilizamos sin mala intención son aparentemente neutros y la mayoría de las veces inconscientes, pero marcan y limitan a nuestros hijos. El hecho de utilizarlos repetidamente hace creer al niño que es de esa manera y le transmitimos la idea equivocada de que por mucho que haga no va a poder cambiar.

 

 

En los años sesenta Robert Rosenthal y Lenore Jacobson llevaron a cabo un pequeño experimento. Los investigadores fueron a un colegio de California y pasaron un test de inteligencia a todos los alumnos del mismo. Posteriormente eligieron a unos estudiantes al azar y les dijeron (falsamente) a sus profesores que dichos alumnos tenían una capacidad extraordinaria para el aprendizaje, pero que estaban en plena maduración y que en los siguientes meses destacarían claramente sobre el resto de la clase. Transcurridos seis meses, los investigadores volvieron a la escuela y comprobaron que los alumnos elegidos al azar habían incrementado su CI con respecto al resto de sus compañeros. ¿Por qué había ocurrido esto? Al decirles aquello a los profesores, los investigadores habían generado en ellos expectativas positivas acerca de dichos alumnos, las cuales los llevaron a tratarlos de forma distinta: dándoles más y mayores estímulos, más tiempo para sus respuestas, etc. Y estos alumnos al ser tratados de un modo distinto también respondieron de manera diferente. A este efecto lo denominaron “Efecto Pygmalion” o “Profecía Autocumplida”.

Lo mismo ocurre cuando etiquetamos a nuestros hijos en casa. Los seres humanos somos el resultado de la suma de la genética y el ambiente en el que nos desenvolvemos, pudiendo éste último potenciar o debilitar las capacidades con las que nacemos. Los niños tienen un poder de adaptación muy grande pero si les imponemos límites desde fuera con etiquetas como “torpe” o “chapucero” no les estamos motivando a que persistan en su tarea para mejorar si no todo lo contrario, conseguimos que dejen de intentarlo porque “son así”. Ellos piensan: “Si mis padres dicen que soy un vago, debe ser verdad” y entonces se cierran a la posibilidad de cambio, de mejora.

Etiquetar a un niño le va a llevar a comportarse según lo que sugiere esa etiqueta: “no me esfuerzo en recoger mis juguetes porque soy un desordenado y como soy así no lo puedo cambiar” o “¿para qué voy a intentarlo si soy un manazas y todos dicen que lo soy?”. La etiqueta se convertirá en lo que lo define y además oscurecerá la totalidad del niño. Por ejemplo, si a Sara la diagnostican con TDAH es muy fácil, si no tenemos cuidado, que esta niña acabe convirtiéndose en “la niña con TDAH” y deje ser ser “la niña inteligente”, “la niña cariñosa”, “la niña ordenada”…

¡Ojo también con las etiquetas positivas! Decirle a un niño “eres el mejor”, “nunca fallas en nada”, etc. puede provocar que si en alguna situación el niño no puede responder según las exigencias de esa etiqueta (no se puede ser el mejor en todo; todos somos humanos y podemos fallar) esto podría ocasionarle estrés y ansiedad y afectar directamente a su autoestima.

Debemos revisar si con los mensajes que utilizamos ayudamos a nuestros hijos a avanzar correctamente o si por el contrario los etiquetamos y cerramos la puerta al cambio y al aprendizaje. Podemos cambiar nuestra forma de dirigirnos a ellos diciendo en lugar de “eres un desordenado” algo como “este cuarto no está recogido”; o en lugar de “te portas muy mal” algo como: “no me has obedecido”. Decimos lo mismo pero les mostramos otra imagen de sí mismos: una más positiva, más productiva.

 

mama y niñaNuestro trabajo debe ser proporcionarles un ambiente que les estimule para mejorar y en el que se les reconozca el esfuerzo y los logros, más que fijarnos sólo en sus errores o fracasos. Aunque es difícil mantener una actitud positiva ante conductas negativas que se manifiestan una y otra vez, nosotros debemos ser los primeros que hemos de pensar que nuestro hijo puede cambiar, porque si no es así difícilmente reconoceremos sus pequeños esfuerzos que darán paso a logros mayores.

 

 

 

 

 

 

“Trate a las personas como si fueran lo que deberían ser y las ayudará a convertirse en lo que son capaces de ser” Goethe
{lang: ‘es’}


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Psicología


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